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Oct 21, 2004

Vejez

De niña te miraba
con respeto y tal vez veneración,
te veía tan lejana, tan distante.
Jamás imaginé
tan cercano el día
en que prepotente y altanera
llegarías donde mí.
No quisiste perdonarme.
Humillada, resignada
tuve que aceptar
que mis manos se volvieran feas,
mi cabello encanecido
y los surcos en mi rostro.
Desde entonces no me atrevo
a pensar en el futuro,
¿cómo saber si llegará?
Tengo que aceptar tu compañía
mientras espero el día tan temido
cuando la muerte
se acuerde que aun existo
llegando en mi procura.
Humildemente te suplico
que no acabes con mis ojos,
con ellos deseo contemplar
tantas cosas bellas
que se encuentran por ahí.
No seas egoísta,
quiero escuchar muchas veces
el canto de las aves,
la música encantada.
No me arrebates el olfato,
sin el ¿como podría aspirar
el aroma de las flores
y el salobre olor a mar?
No te robes mi memoria
revivir anhelo
los mágicos instantes
que en su momento
aquilatar no supe.
Anhelo navegar los ríos,
los mares que aún no recorrí,
perderme en los bosques y praderas,
contemplar el ocaso acompañada
y el despertar del sol.
Aspiro pisar aún muchas veces
las hojarascas en otoño,
mis cansadas piernas descansar
y dormir para soñar.
Quiero besar los nietos
que no tengo,
perdonar a quienes
me olvidaron.
No vayas tan de prisa,
descansa un poco.
Sobre todo dame tiempo
¡Son tantas las cosas
que me faltan por hacer!

Isabel Zegers de Poklepovic

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